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Punto de vista

Por: Revista Novamérica

 

Los porqués de la presente crisis de la democracia en América Latina y posibles caminos de salida en la síntesis de una entrevista al politólogo mexicano Juan Luis Hernández Avendaño, director del Departamento de Ciencias Sociales en la Universidad Iberoamericana de Puebla.

DEMOCRAZIA HACIA

-¿Cómo ve usted actualmente la democracia en América Latina?
La democracia latinoamericana vive horas bajas en convicciones y apropiación de valores democráticos. Latinobarómetro -un ejercicio que desde hace 23 años mide la percepción de la democracia en nuestra región- , arroja en su última medición (2018) que sólo el 48 % de los entrevistados apoya la democracia. El porcentaje ha venido disminuyendo en la segunda década del siglo XXI. El régimen democrático está enfrentando dos condiciones que definen a América Latina: es la región más violenta y la más desigual del mundo. No podemos hablar sólo de democracia, porque ella resiente de la percepción de la gente en otros ámbitos de la vida. Sobre todo, en aquéllos que tienen que ver con su bolsillo o su seguridad cotidiana. Siendo el lugar en el mundo donde más se mata (y con altos índices de impunidad) y el lugar donde pocos tienen mucho y muchos tienen poco (donde las élites concentran a veces el 90 % de la riqueza de un país), la democracia se convirtió en variable dependiente y no independiente.
Me explico. La democracia está siendo apoyada por cada vez menos latinoamericanos, convencidos de que lo más importante para ellos es que no los vayan a secuestrar, a asesinar, a extorsionar, a atentar contra su familia. Y ese latinoamericano aprecia que haya un partido o un político que promete trabajar por la seguridad de los ciudadanos, aunque ello suponga terminar con algunas libertades. Está demostrado que el apoyo social se inclina por más seguridad, aunque eso suponga sacrificar algo de democracia. Así, la democracia es una variable dependiente, porque es afectada por la inseguridad y la violencia.
La democracia es una variable independiente cuando ella misma y las mediaciones democráticas son el camino para pacificar un país o una sociedad y para enfrentar la violencia y la desigualdad. Y eso nos llevaría a pensar en democratizar las Policías, a hacerlas más próximas, con una visión de seguridad que tiene en el centro la defensa de los derechos humanos. De la misma manera con la desigualdad. La democracia debería ser el mecanismo social que sirve para cerrar las brechas salariales, acotar las políticas fiscales que privilegian a los sectores adinerados, para dinamizar políticas públicas de gobiernos locales de inclusión. Así, la democracia sería una variable independiente, y no sería castigada ni sacrificada por ser violenta e injusta.

-¿Qué factores propiciarían para que se revirtiera este cuadro?
Revertir una tendencia no es fácil, pero la historia de la humanidad se ha construido a partir de sueños, utopías y resistencias. La desilusión frente a la democracia debe enfrentarse con educación. Una educación que sostenga que la base de la democracia es la participación de la gente, la corresponsabilidad con los asuntos de la ciudad, del entorno donde se vive. La desilusión con respecto a la democracia, la política y los políticos es mundial. La llamamos “desafección”, apatía e indiferencia sobre lo que implica la vida pública. Tiene dos explicaciones. Por un lado, las élites políticas muchas veces se fueron constituyendo en el gobierno de los peores, políticos ignorantes, amantes de la riqueza y tiranos. De esta manera, se contagia una perversión de la vida política, se ensucia y desprestigia a la propia palabra “política” enviando a los ciudadanos el mensaje de que a la política sólo puede llegar el corrupto. Por otro lado, los ciudadanos también suelen desilusionarse de la política y de la democracia porque tuvieron experiencias negativas de participación, porque fueron censurados, perseguidos, manipulados o, incluso, porque perdieron dinero de su propio bolsillo por apoyar causas perdidas. Estas experiencias hacen que los ciudadanos se cansen y crean que la democracia y la política no son para ellos.

¿Cuáles son actualmente las principales amenazas a la democracia en nuestra región?
Identifico cinco: la violencia, la desigualdad, la kakistocracia, la idiotes y los populismos.
La democracia se defiende en la calle, y la violencia ha echado a los ciudadanos de la calle. La desigualdad ha logrado que anide un resentimiento social agudo en los perdedores del neoliberalismo y el malestar social aumenta y se convierte en muchos conflictos. Ese malestar no cree en los atajos del diálogo, herramienta indispensable de la democracia. Por eso, suele atacar las mismas bases de la democracia.
La kakistocracia (el gobierno de los peores1) no quiere contrapesos. La democracia representativa requiere el principio de equilibrio de poderes, la existencia de varios poderes que se equilibran entre sí, que se cuidan las manos unos a otros. Los kakistócratas quieren mano libre para abusar del poder y enriquecerse con los negocios que se pueden hacer al amparo de los gobiernos. No quieren a nadie que los vigile y que les marque el paso en los medios de comunicación. Prefieren una democracia simulada.
La idiotes es una expresión griega que alude al no interés por el lugar donde se vive de parte del ciudadano, que no quiere implicarse en la solución de los problemas de su entorno. Prefiere que otros lo hagan para, desde la comodidad de la no implicación, criticar a los que se implicaron. Es una enfermedad social que hace mucho daño, pues alienta la construcción de súbditos, individuos que están a gusto obedeciendo y no preguntándose qué pueden hacer para construir un entorno mejor, para ellos, sus familias y sus conciudadanos.
Una última amenaza a la democracia son los populismos, que se ejemplifican con un líder que dice representar la esencia del pueblo. Dice representarlo, defenderlo y cuidarlo. El problema de esos liderazgos es que hablan y deciden por el pueblo, en lugar de propiciar espacios para que el pueblo delibere, decida, participe y critique. En nuestra región casi todos los presidentes tienen alguna práctica populista. Pero de nada sirve hablar en nombre del pueblo si ese pueblo sigue postrado, manipulado, ignorante de la cosa pública y sometido a patrimonialismo y clientelismo.

-¿De qué manera se pueden favorecer procesos de afirmación democrática?
Creo en la formación de la mentalidad. Para que haya democracia necesitamos demócratas. Y para que haya creencias que apoyen la democracia necesitamos una educación en praxis democrática. Afortunadamente, en todo el continente latinoamericano hay muchas experiencias de democracia, a las que llamaremos “nuevas democracias”, que están siendo construidas de abajo hacia arriba, o de manera horizontal, dinamizando nuevas ideas para una convivencia social que gane en bienestar y en bien vivir. Hay que apoyar hoy a esas nuevas democracias, que surgen con las ciudadanías activas. No son sólo de izquierda o de derecha. Se trata de ciudadanías hartas, cansadas, insatisfechas, que están diciendo que es necesario cambiar, desestructurar hegemonías, escuchar al ciudadano. Hay que comprender sus reclamos. Los políticos han olvidado que su mayor gestión es estar al servicio de los pueblos.

1“Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”. Dictionary of Sociology, Philosophical Library Inc., Nueva York, 1944.

 

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