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Punto de vista

Di  Vittorio Pelligra

 

Mind the Economy – Serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore

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Veintidós chicos de buena familia. Un campamento de verano de tres semanas de duración en los bosques de Oklahoma. Se divide aleatoriamente a los chicos, que se mantienen separados incluso durante el deporte y el juego. Cuando se encuentran, se desata el conflicto: banderas quemadas, dormitorios saqueados, riñas y castigos. Después, los problemas se agravan. El agua y la comida comienzan a escasear. Entonces las divisiones ficticias y las diferencias artificiales desaparecen. Los muchachos aprenden a colaborar y a resolver juntos los problemas comunes.

El antagonismo entre grupos, creado artificialmente, desaparece rápidamente del mismo modo, ante problemas más graves. El campamento es un experimento en el que los chicos están participando sin saberlo. Estamos en los años 50. Este estudio ha dejado una huella profunda en nuestra comprensión de las dinámicas sociales.

El peso de la experiencia en nuestro comportamiento

Cuando damos una patada a un balón, sabemos que se va a alejar de nosotros a una velocidad tanto mayor cuanto más fuerte haya sido la patada. Cuando lanzamos un balón al aire, sabemos que en poco tiempo va a volver a caer a la tierra, después de recorrer trayectoria que hayamos imprimido a su movimiento. Sabemos estas cosas porque las hemos experimentado mil veces, y, a través de estas experiencias, hemos podido desarrollar una comprensión intuitiva del mundo físico y de sus leyes.

Aunque no conozcamos las ecuaciones diferenciales que describen el movimiento, somos capaces de jugar al billar y prever con una precisión a veces muy alta las trayectorias que van a seguir las bolas en su interacción con el palo, los bordes de la mesa y las demás bolas. Nuestra «folk physics», la física del sentido común, guía nuestro modo de estar físicamente en el mundo. Quizá no nos diga mucho acerca del funcionamiento de las partículas subatómicas o de la vida del núcleo de una estrella, pero, generalmente, nos ayuda a habitar el mundo físico exactamente a nuestra escala de seres humanos.

La psicología humana que da sentido a las cosas

Del mismo modo que nos servimos de esta comprensión intuitiva para dar sentido a la realidad física en que vivimos, también utilizamos un conocimiento intuitivo de la psicología humana para dar sentido a nuestro mundo social, al comportamiento de las personas con las que interactuamos. Esta «folk psychology», come también se la conoce, está formada por las intuiciones que cada uno de nosotros utiliza para atribuir un sentido a las decisiones ajenas, a las emociones, a los estados mentales, a las creencias, a las intenciones y a la responsabilidad.

Todo surge de los deseos que, en virtud de un proceso proyectivo, adjudicamos a aquellos cuyo comportamiento debemos explicar. Los deseos se apoyan en las creencias, que nos indican qué nexo causal, qué relación funcional y qué acción pueden ser determinantes para satisfacer esos mismos deseos. Las creencias y los deseos, juntos, determinan la intención y a partir de esta surge la acción. Este es el modelo explicativo de base que utilizamos para dar sentido a las acciones que observamos en agentes intencionales.

Una brújula para «poner orden» en el mundo social.

Al igual que en el caso de la física intuitiva, esta psicología del sentido común nos ayuda a poner orden en la complejidad del mundo social y del mundo interior. En general, esta estrategia funciona bastante bien. Pero hay excepciones, casos en los que nuestra psicología del sentido común nos desvía y nos lleva incluso a conclusiones correctas pero basadas en razones equivocadas. Un error clásico, con el que nos topamos muchas veces y que tiene su origen precisamente en la aproximación de nuestra psicología del sentido común, es lo que se conoce como «error fundamental de atribución».

Sabemos desde hace tiempo que, en este esquema simplificado que une los deseos y las creencias con la acción, falta un elemento fundamental: el cuadro exterior. Las decisiones no se producen en el vacío, no están completamente determinadas por razones internas, sino que también, a veces de forma preponderante, hay factores externos que concurren a la hora de plasmar y orientar las elecciones individuales. Tras el final de la segunda guerra mundial, el estudio de este tipo de influencias externas fue central en el ámbito de la naciente psicología social.

El error de atribución.

Durante el proceso a Eichmann, se vio el testimonio de ciudadanos corrientes que secundaban la locura nazi y estaban dispuestos a ejecutar órdenes, incluso las más crueles, con una facilidad irresponsable y un sentido profundo de auto-absolución. El horror por los crímenes de guerra y la consternación por esta complicidad planteaban interrogantes cuyas respuestas había que buscar en el ámbito del papel de las influencias externas. El error fundamental de atribución actúa precisamente en este marco, llevándonos, a la hora de dar razón del comportamiento ajeno, a sobrevalorar las razones internas y, al mismo tiempo, a sobrevalorar los condicionamientos externos, cuando lo que queremos es encontrar razones para nuestras propias elecciones.

Existe una distorsión sistemática en la forma de ver y valorar el comportamiento ajeno y propio, que nos lleva a atribuir responsabilidades directas a los demás y a infravalorar las nuestras, en una especie de proceso de auto-absolución en el que la evangélica “paja” en el ojo ajeno esconde la proverbial “viga” del horizonte psicológico y moral del observador. Las implicaciones del error fundamental de atribución son graves, sobre todo porque dificultan el reconocimiento de las causas que se encuentran en la base de determinados comportamientos y obstaculizan las elecciones que podrían producir decisiones colectivas mejores.

El experimento en el campamento de Oklahoma.

En el verano de 1954, veintidós chicos de edades comprendidas entre los once y los doce años participaron en un campamento en el parque de Robbers Cave, en la parte meridional del estado de Oklahoma. Ninguno de ellos se conocía. Los muchachos, todos ellos con parecidos antecedentes familiares y escolares, llegaron al campamento en grupos separados. Once de ellos se alojaron en una zona del parque y los otros once en otra zona. Las dos zonas estaban tan distantes y separadas que ninguno de los miembros de cada grupo sospechaba la existencia del otro grupo.

Lo que a los ojos de los chicos parecía el típico campamento de verano era, en realidad, un experimento, uno de los más famosos experimentos de psicología social, que pasará a la historia como el experimento de Robbers Cave. Lo concibió y lo dirigió el psicólogo Muzafer Sherif, junto con un grupo de colaboradores, principalmente para estudiar sobre el terreno la dinámica de formación de la identidad de grupo, sus efectos en el nacimiento del conflicto entre grupos y las posibles estrategias para reducir y eliminar el conflicto (Sherif et al., 1954/1961. Intergroup Conflict and Cooperation: The Robbers Cave Experiment). Durante los primeros ocho días de campamento, no se produjo ningún encuentro entre los miembros de ambos grupos. Aislados unos de otros, a través del deporte y de otras actividades, cada grupo recibió estímulos para desarrollar una fuerte cohesión interna. Empezaron a surgir y a estructurarse distintas dinámicas sociales, liderazgos, jerarquías, normas y ritos de la vida en común. Había llegado el momento de que ambos grupos se encontraran.

El origen de la comparación (y de la confrontación).

Al principio los encuentros fueron esporádicos, aparentemente casuales, pero después se buscó activamente la relación. Cada grupo se fabricó una bandera y se dio un nombre: los Rattlers por una parte y los Eagles, por otra. Al mismo tiempo, el descubrimiento de la presencia del otro grupo favoreció la aparición de comportamientos territoriales.

Los Rattlers, en un momento determinado, conquistaron “su” campo de beisbol, colocaron la bandera e impidieron el acceso a los Eagles. Estos se vengaron robando un guante a los adversarios y arrojándolo al río. Se daban todas las premisas para poder pasar a la segunda fase del estudio, que preveía la organización de distintas competiciones entre los grupos: partidos de beisbol, tiro al arco, pruebas de habilidad… En cada prueba, el equipo vencedor obtenía un trofeo y el perdedor no recibía nada.

La rivalidad explotó y alimentó la sospecha, la hostilidad y una amplia gama de guarradas recíprocas: un grupo quemó una bandera; el otro grupo, como represalia, robó los pantalones de uno de los líderes adversarios y, tras pintarlos, los izó en el lugar de la bandera quemada. Se produjeron continuas salidas y represalias a los dormitorios de los rivales, con robos y destrucciones de bienes personales y del campamento. Ahora, la identidad de cada miembro del grupo se forjaba no solo en relación al grupo de pertenencia, sino sobre todo en oposición a la identidad del otro grupo. Los Rattlers eran groseros y vulgares en el lenguaje, y por eso los Eagles decidieron que ellos no iban a decir palabrotas.

Naturalmente, esto reforzó la tendencia de los Rattlers a utilizarlas y a representarse como los duros y los malos. En el polo opuesto, los Eagles se veían como buenos, correctos y moralmente superiores. El clima degeneró tan rápidamente que los experimentadores tuvieron que intervenir varias veces por miedo a que algún chico pudiera hacerse daño. En ese momento, los tiempos ya estaban maduros para pasar a la tercera fase del estudio. ¿Era posible favorecer la reconciliación? ¿Cómo mitigar el conflicto abierto entre los dos grupos? Se empezaron a organizar actividades sociales comunes. Ya no había competiciones; se daba mayor peso al tiempo libre que pasaban juntos, por ejemplo, viendo fuegos artificiales por la noche delante del lago.

El fin común reduce el conflicto.

Pero, como hemos visto en otras ocasiones, para que la “hipótesis del contacto” pueda funcionar necesita algunas condiciones particulares. Y en efecto, en el campamento no funcionaba. La desconfianza recíproca aún era demasiado fuerte y el conflicto no se reducía. En ese momento, Sherif y sus compañeros se plantearon la hipótesis de que, del mismo modo que la competición por unos recursos limitados había desencadenado la polarización y el conflicto, la necesidad de cooperar para alcanzar un fin común podría reducirlo. Los experimentadores comenzaron a crear deliberadamente situaciones de este tipo. En un momento determinado, al campamento dejó de llegar agua potable. De las tuberías no salía ni una gota de agua.

La situación era seria, tan seria que los chicos comenzaron, esta vez juntos, a buscar una solución. Trabajaron, organizaron inspecciones y comprobaciones hasta que descubrieron que el flujo de agua se había interrumpido porque unas bolsas de plástico “accidentalmente” obstruían los tubos. El problema se resolvió, pero esa misma noche los chicos empezaron de nuevo a pelearse. Siguieron retándose. En un momento determinado, la furgoneta que se usaba para transportar las provisiones de alimentos dejó de funcionar. Los dos grupos, una vez más, decidieron colaborar para arreglarla. Durante una excursión, se dieron cuenta de que no habían llevado con ellos todo el material necesario. También en este caso decidieron cooperar, compartiendo parte de los elementos necesarios para montar las tiendas. Reto común tras reto común, el clima comenzó a mejorar. El conflicto abierto dio paso a la colaboración, al conocimiento recíproco e incluso algún gesto de genuina gratuidad.

La identidad (mal entendida) que alimenta la confrontación.

El experimento de Robbers Cave, aun con todas las limitaciones metodológicas de la ciencia de aquellos años y las indudables ambigüedades morales y éticas, nos sigue pareciendo todavía hoy una potente representación de la vida social, de sus patologías y, quizá, también de sus posibles terapias. La división estuvo alimentada deliberadamente por un lenguaje, unas actitudes y un armamento ideológico dirigidos a crear un sentido de identidad mal entendido. La identidad que se forja en contra de aquellos que se nos describen como distintos solo produce conflictos evitables, derroche de recursos humanos e ideales, malestar e ineficiencias. Robbers Cave nos enseña hasta qué punto, muchas veces, estas divisiones pueden ser artificiosas e instrumentales.

En una réplica del estudio original de Sherif, el psicólogo libanés Lutfy Diab enfrentó a dieciocho chicos de Beirut, algunos cristianos y otros musulmanes, divididos en dos grupos: los “Fantasmas azules” y los “Genios rojos”. Los chicos pronto comenzaron a manifestar las mismas dinámicas conflictivas observadas en Oklahoma. Pero la división y el conflicto separaba ahora a los “azules” de los “rojos” y no, como cabría esperar, a los musulmanes de los cristianos. Era una división arbitraria y artificial, creada deliberadamente y tan falsa como patógena.

Hoy deberíamos empezar a desconfiar, independientemente de que nos identifiquemos o nos distingamos de ellos, de aquellos que deciden usar un lenguaje divisivo y palabras de desprecio o de mal escondida ironía contra personas a las que desean que percibamos como distintas. 

Diferencias falsas, divisiones reales.

Estos difícilmente van de buena fe. Su estrategia es la de crear identidad y por tanto división, en base a diferencias artificiosas e innaturales, pero, al mismo tiempo, poderosas y eficaces. Son, como en los experimentadores de Robbers Cave, capaces de crear con pocos recursos las condiciones para un conflicto destructivo. Y en medio estamos nosotros, que, en lugar de disfrutar de un buen campamento en los bosques de Oklahoma, nos vemos inducidos a la confrontación por motivos fútiles.

El experimento de Robbers Cave no fue el único en su género. El mismo Sherif realizó otros dos parecidos. Uno de ellos, en particular, acabó de forma distinta porque los chicos intuyeron casi inmediatamente lo que estaba sucediendo. Entendieron que los experimentadores les estaban manipulando. Comprendieron que los chicos del otro grupo no eran enemigos, sino potenciales víctimas como ellos. Se coaligaron y empezaron a convertir a los experimentadores en diana de sus bromas y de sus reivindicaciones. La realidad, la más verdadera, fue desenmascarada, decodificada y las contramedidas se llevaron correctamente a la práctica.

Podemos aprender algo de esta lección. Podemos aprender a no adquirir falsamente actitudes parciales y, al igual que los chicos del campamento, empezar a cooperar más, porque ciertamente no faltan problemas comunes a resolver. El experimento del campamento muestra también que el conflicto entre grupos se agrava cuando escasean los recursos: un único campo de beisbol a compartir, premios solo para los ganadores, poca comida. Estudios posteriores han mostrado que para que se desencadene el conflicto no es necesario que los recursos sean verdaderamente escasos. Basta con que sean percibidos como escasos.

Desconfiemos entonces de aquellos que hacen que nos sintamos privados de algo, depredados, de aquellos que alimentan la inseguridad y de aquellos que representan la realidad más incierta de lo que ya es. Desconfiemos de aquellos que crean división y conflicto con hechos y con palabras, con sarcasmo o con una estudiada superioridad. Desconfiemos de aquellos que quieren enfrentarnos unos contra otros; de aquellos que afirman su propia identidad, pertenencia, historia e incluso su propia religión, contra las de otros; por diferencia.

Ciertamente no tenemos ninguna necesidad de personas que creen y alimenten conflictos y divisiones deliberadamente. Necesitamos otra cosa: diálogo verdadero, respeto recíproco y confianza, también con aquellos que no piensan igual. Esto es lo que busca un país civilizado y moderno.

 

 

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