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Punto de vista

de Cristina Montoya

Colombia está entrando en lo que muchos llaman una situación de post-conflicto que presupone el resultado exitoso de los llamados “Diálogos de paz” que iniciaron públicamente en agosto de 2012,  y que parecen haber llegado a lo que se denomina el punto de inflexión, en el que para las partes es más complejo abandonar las mesas de negociación que continuar hasta llegar al final; pero no es fácil hacerlo cuando las acciones de alguna de las partes generan desaliento y desconfianza en el proceso.
Los  recientes ataques de las Farc al ejercito1, después de periodos de tregua, han ‘desmoralizado’ a la nación, que si bien ya hace décadas perdió toda credibilidad en que esta organización tuviese un auténtico proyecto político, con una resiliencia propia del pueblo colombiano, estaba haciendo una fuerte apuesta por el proceso.
Uno de los puntos centrales  de la negociación, es la participación política en  los procesos decisionales de un país que ha visto el enfrentamiento armado y la violencia como la forma natural de relación. Éste nuevo momento plantea una cuestión de fondo ¿Cómo dar vida a un nuevo tejido social, cómo poder considerar actores políticos válidos a quienes representan en el imaginario de la ciudadanía criminales de lesa humanidad?
    En medio de un almuerzo familiar vi un señor enrojecerse, apretar su puño y afirmar con una  voz que parecía salir de las entrañas de la tierra “Si esos guerrilleros van a entrar al paraíso, yo prefiero irme al infierno”, ante lo que siguió una aprobación unánime.
    Alguien tiene que contarnos a los colombianos que el proceso de paz en nuestro país no se define en la Habana, ni se detiene porque con torpeza histórica las Farc jueguen el viejo truco de asesinar soldados mientras duermen.  
    El conflicto colombiano se alimenta y reproduce en las casas, en los campos, en las peluquerías, en las tiendas, allí donde se pone de manifiesto el imaginario colectivo de un pueblo y es allí donde puede encontrar su fin.
    Somos un único yo fragmentado, una patria partida que se alimenta con razonamientos binarios, que debate si hay que elegir un presidente porque quiere la paz  u  otro porque sabe hacer la guerra,  perdiendo de vista que se trata de un conflicto interno.
    El bien superior de una comunidad política es el vinculo social que le permite mantenerse como tal, y en Colombia está trisado porque desde hace 60 años se apoya en una serie de conflictos, armados y no, que han hecho que mas de 4 generaciones crezcan si poder siquiera imaginar lo que significa vivir en una nación que no esté basada en el antagonismo y el enfrentamiento, en paz.
    Y mientras tanto una narrativa de guerra vuelve paisaje la violencia, nos hace olvidar que  no son posiciones ideológicas o políticas las que están en juego, sino un artificio mafioso, un gran patrimonio económico que se protege, que se disputa y que tiene tres pilares principales: tierras, armas y narcotráfico.
    La  riqueza de un Estado es la comunidad política, esa cuya construcción debería ser la prioridad de cualquier político. Y esto es lo que ha fracasado en Colombia.  Se tendría que decir que la derrotada ha sido la política, de izquierda y de derecha.
    No hay que decidir entonces  si sigue o no el diálogo, si se condenan o no estas muertes, como lo expresa Yolanda Ruiz2:  “No creo en ojo por ojo ni en muerto por muerto” nos duelen todos los muertos, todas las madres, todo el dolor.
    Por tanto el problema no se soluciona únicamente con la justicia transicional y el reconocimiento de responsabilidades históricas - que son indispensables- ni con una verdad que nos indique a cuál de las partes se le pueden atribuir mas crímenes. El núcleo está en còmo construir cohesión social en medio de un aparato de guerra que se alimenta de intereses ajenos al país mismo y se sostienen con la complicidad de muchos gobernantes.
    El asunto es con qué cara estamos mirando al futuro, como nos enteramos de que hay otras formas de relacionarse como la estima, el reconocimiento, el respeto; y cuál es la visión de Estado que se quiere construir.
    Concuerdo profundamente con lo que planteaba en el editorial del Espectador, Aldo Civico “Por qué la guerra, antes de referirse a combates entre grupos armados que se declaran enemigos, es una actitud cultural que nos lleva a creer que es justo y necesario negar la vida del otro al que transformamos en un enemigo”3.
Los que han  triunfado en esto son todos aquellos que dan la vida en los barrios, en las comunas, en los pueblos, arriesgándose y teniendo que huir de todos los grupos armados e inclusive del ejercito para resistir a la guerra sembrando solidaridad, confianza, para abatir el miedo, construir comunidad. ¿Por qué no – animados por su ejemplo-  nos decidimos como sociedad civil a dar un paso definitivo y borramos de nuestra vida la categoría de enemigo?

Un vuelco que estamos llamados a dar  a partir inclusive de la semántica para que nuestro calendario no se mida con un antes y después del conflicto, aquí se trata de ponernos del lado de Colombia y construir la comunidad política.

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